Cansado de que nadie lo tome en cuenta, Alejandro se encerró en el baño con la tijera, el repasador, el pegamento y el algodón que pudo extraer del botiquín de su madre. Salió horas después con una sonrisa de oreja a oreja y su miembro atroz pegado en la frente
Desde aquel día, hasta los viejitos se peleaban por cederle el asiento en el colectivo.
jueves, 17 de diciembre de 2009
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