Estaban donde Chola, en su mercado. De pronto (es que estos eventos generalmente no se anticipan), un hombre en el umbral apurado por robarles.
- Rápido, vacíen la billetera en esta bolsa.
El mango de una posible arma se asomaba por el bolsillo de su campera y convencía a todos los presentes. Excepto, es necesario aclarar, a uno.
- ¡Es mentira! – gritó el pequeño indignado. El mundo bajó la vista para encontrarlo.- ¡Usted no es un ladrón! Si el otro día me ató los cordones a la vuelta de la escuela.
Todo fue silencio. La cara del hombre se hizo roja en un instante. Guardó la bolsa antes de que cualquiera pudiera obedecerle, y con un ademán se despidió. Muerto de vergüenza.
Luego la madre, abrazando fuerte al pequeño cosa de reescribir el pasado:
- ¿En serio te ató los cordones?
- No sé… creo que tenía la misma campera.